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ANDALUCÍA BIKE EXPERIENCE / VIAJA EN BICICLETA POR ANDALUCÍA

Ruta:

Por tierras andaluzas...hasta Caravaca

Tramo:

Sorbas-Caravaca

Localizaciones:

Autor: Bicimur
(2 Rutas compartidas)

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Detalles:
  • Distancia: 312,68 km
  • Altitud Mínima: 358,50 m, Máx: 1819,10 m
  • Desnivel acum.: 5476,20 m 5196,70 m
  • Desnivel dist.: 151,70 km 160,98 Km
  • Nivel: Medio
  • Terreno:
  • Tipo de Bicicleta: Montaña
  • Tipo de Ruta: Lineal
  • Fecha de Creación: 10/10/2012
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Descripción:

modo de presentación...


Yo era un hombre sedentario. Deporte; más bien poco. Cuando viajaba lo hacía en coche o en moto. Un día subiendo La Cuesta, venía de Cartagena con dirección al Puerto de Mazarrón, me encontré con un ciclista. Era un hombre joven, por la pinta, extranjero y pensé: hay que estar un poco loco para hacer esto. Apenas se le veía entre sus grandes alforjas, en el manillar llevaba atados sacos y mantas. Avanzaba lentamente, pedalada a pedalada con un esfuerzo enorme.


He de confesar aquí que mi ideal de viaje en aquellos días, y quizás también ahora sea el de un carro tirado por un cansino pollino; las sartenes cuelgan de los costados con monótono golpeteo; los chorizos, a horcajadas sobre una caña, penden del techo al alcance de la mano mientras yo; tumbado sobre la tablazón, sombrero de paja cubriendo el rostro, dejo pasar el tiempo indolente, y el pollino sigue el camino que mejor le parece.

En aquella época viajar dando pedales me parecía los castigos de Tántalo y Sísifo juntos…

¡Despierta Mariano! Suena la voz estentórea de Juan.

Ya no cuelgan los chorizos sobre mi cabeza, la toldilla ha sido sustituida por un aséptico vinilo y el quinqué por un plástico ovalado con un interruptor gris, tan gris como mi cabeza en este momento.

-Estamos llegando a Sorbas- oigo decir a alguien.

-Cuanto falta- pregunto yo tratando de asirme a algo con lucidez.

Subidos en un furgón hemos escapado de la ciudad a toda prisa; dejamos nuestra Murcia mediterránea para dirigirnos a tierras andaluzas. Territorios limítrofes, conocedores de soles y viejos olivos, de montaraces serranías y hombres adaptados a su entorno desde antiguo. Hemos venido en coche para regresar en bicicleta, recorreremos esos viejos y polvorientos caminos de nuestra querida España. Pasaremos de las ariscas sierras litorales a los tupidos campos de olivos; de las montaraces trochas de la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas, descenderemos hasta los llanos de la santiaguista Caravaca y su santuario fortaleza de la Vera Cruz. Serán días de sosegado pedaleo, de difíciles oteros, de vertiginosos barrancos, pero siempre con la grata compañía de mis buenos amigos Juan Bautista Tudela, Antonio Máximo y Pepe Griñan. Días para el disfrute de la amistad y del paisaje, de la agradable conversación y la recia gastronomía de estas tierras, en definitiva de lo que nos ofrezca la vida.

Seguiremos al principio esa estupenda ruta que nos han regalado nuestros amigos andaluces: La Trasalandalus, para enlazarla luego con la Transmurciana y Caravaca de la cruz.
Primer día, lunes 28 de mayo de 2012


Nos encontramos al norte de la provincia de Almería, en el límite del desierto de Tabernas; nuestra intención encaminarnos al encuentro de la sierra de los Filabres situada hacia el norte. Frescas ramblas sombreadas por el cañaveral nos esperan; polvorientos caminos entre marciales ejércitos de jóvenes olivos, que a tramos son sustituidos por jóvenes almendros, nos acercan a nuestra primera meta de la jornada: Uleila del Campo. Serán cerca de veinte kilómetros de suave pedalear que nos preparan para siguientes metas.
Sorbas; pueblo de connotaciones trogloditas situado en un cerro que la rambla ha recortado a lo largo de los siglos, nos observa indiferente mientras ensamblamos las que serán nuestras inseparables compañeras a lo largo de nuestro recorrido. Visitamos la población, entramos en su Ayuntamiento y descendemos hacia la rambla comprobando gustosos como las chumberas resisten la invasión de la cochinilla que ha arrasado gran parte de las paleras murcianas.

Entre cañas y baladres pasa el tiempo y sin percatarnos; por un ceniciento camino jalonado de polvorientos y grises cardos a los que alegran sus flores violetas llegamos a Uleila, en la que las buganvillas compiten con los geranios en colorido.

Salimos de Uleila sin dirigirnos directamente al norte, más bien iremos hacia el oeste, entre ramblas y lomazos, por viejos caminos que nos llevan a viejos cortijos entre viejos montes de grises cabezas que, coquetos, lucen las mechas verdes de los jóvenes almendros. Tras dos leguas y media de pedaleo aparece Senés acurrucado en los oscuros brazos de los Filabres. Casas encaladas, de negros tejados rodeando la iglesia, cercadas a su vez, por diminutas huertas que se esconden junto a los muros, temerosas de la impresionante mole que se alza frente a ellas. Comemos y bebemos y, lo hacemos en exceso.

Cruzamos un regato que serpentea entre oscuras lascas de pizarra que oscurecen el paisaje. Comenzamos una lenta ascensión que tras rodeos y revueltas va ganando cada vez más horizonte, agrandando el paisaje, achicándose los detalles, Senés se reduce, se desdibuja agazapada en los repliegues oscuros de la sierra.
Pedaleo lenta, calmosamente, intentando ahorrar fuerzas para más adelante, sé que las necesitaré, pero las voy dejando poco a poco, perceptiblemente, gota a gota, como ese sudor que empapa el camino. Fatigado me detengo un momento, el aire puro vuelve a llenar mis pulmones. Habla Unamuno de la voluptuosidad de la fatiga. Pedaleo bajo un sol que calcina la tierra, que derrite el metal en gruesos goterones, ya no me queda nada más que la voluptuosidad para superar el puerto, se nota que don Miguel era de Bilbao.

La sierra de los Filabres se recorta contra un cielo luminoso de un azul profundo. Es un macizo sin la fama de los Alpes o los Pirineos, pero con alturas superiores a los 2.000 metros como Calar Alto, 2.168, Tetica de Bacares, 2.080 o Calar Gallinero, 2.049. Parte de cotas cercanas al nivel del mar y asciende de forma abrupta hasta los confines del firmamento, ese cielo azul que pinta el cercano mediterráneo.

Nuestra recompensa es la bajada, más de una legua de negro y liso asfalto y otra de bajada al valle, jardín donde nos saludan los huertos de frutales. Bacares, se nos aparece de improviso, sin hacerse notar, blancas casas abigarradas alrededor de su iglesia, alrededor de su Cristo crucificado, los paisanos charlan ociosos en la plaza empedrada, mientras el encalado campanario de cuadradas formas se torna dorado bajo los postreros rayos de un sol ya agonizante.

El hotel, moderno; la cena abundante y el precio contenido.
Segundo día, martes 29 de mayo de 2012

Me despierto y me acerco a la ventana; el cielo tiene ese color sucio entre el negro de la noche y la claridad del día. Pan con aceite y buen jamón nos preparan para el inicio de la jornada, que será dura al principio.

El color del paisaje comienza a cambiar, abandona el negro de la pizarra por un pardo amarillento tachonado por el verde de los pinos de repoblación. Larga bajada entre yesos que despiden reflejos multicolores bajo los rayos del sol. Aparece Serón de improviso; el caserío apretado, caótico se arremolina alrededor del castillo, lo rebasa y se impone sobre él, solo por el lado de la vega se permite un poco de amplitud, las casas entran y salen a cada paso rompiendo el perfil de la calle. Sus voladizos aleros se estorban unos a otros, las calles se retuercen ignorando las líneas rectas que ni siquiera contemplan las propias fachadas con desplomes imposibles y abultadas paredes, pendientes tan pronunciadas que no se concibe como los vecinos pueden andar por ellas.

Un vecino me cuenta que cerca de aquí, en el valle de La Loma, existe una encina milenaria considerada la de mayor porte y una de los de mayor antigüedad de todos los árboles catalogados hasta la fecha en la comunidad autónoma andaluza. De unos 16 metros de circunferencia de base y unos 25 de altura, 'La Peana', que así la llaman, es un ejemplar imponente superviviente del antiguo bosque mediterráneo que cubrió la sierra de los Filabres.

Salimos de la población bajo el saludo de antiguas instalaciones ferroviarias. La estación, el muelle, el depósito con el foso de la desaparecida placa donde antaño daban vuelta a la maquinas, se preparan para una nueva vida de la mano del ocio, con una nueva forma de uso enfocada al turismo activo, pronto funcionarán en estas instalaciones locales de hostelería que ayudarán a recuperar este patrimonio arquitectónico que de otra manera estaría condenado al abandono y la degradación. Aún queda, como testigos de otra época, alguna señal avanzada de las que autorizaban la entrada de los trenes a las estaciones. Este tramo corresponde a la línea férrea de Gadix-Almendricos y proporcionaba la salida del mineral de hierro de la Menas hasta el Mediterráneo por el embarcadero del Hornillo en Águilas.

Pedaleamos por esta recién nacida Vía Verde hasta las proximidades de El Hijate, pedanía de Alcóntar. Hemos dejado atrás manantiales de aguas termales como Fuenteperica y el Aljibe, ermitas como la de Fuencaliente y ramblas como la del Ramil. El sol está alto, conviene detenerse, descansar e hidratarse convenientemente, la terraza de un restaurante nos dan la oportunidad y a fe mía que la aprovechamos.

Cantan las cigarras ebrias de sol y tomillo; ellas holgan, nosotros nos esforzamos…atravesamos ramblas, vías férreas, viejas fabricas antes de entrar en Baza.

Baza, recorremos apacibles callejuelas moriscas con casas a balconadas hasta llegar a la catedral situada en la Plaza Mayor, al pie de la Alcazaba, construida en el siglo XVI sobre la antigua mezquita aljama. Nos quedamos sin visitar sus importantes Baños Árabes de época almohade (s. XIII), unos de los más completos del país, conservan en buen estado la sala fría, la templada y la caliente, el vestíbulo, la sala del horno y la leñera. De Baza son unas de las piezas escultóricas funerarias más importantes de la cultura ibérica: su famosa “Dama”; urna funeraria policromada en forma de trono con una cavidad bajo el brazo derecho en él que se depositan las cenizas, probablemente de una mujer joven. La otra su “Guerrero”, representando a un guerrero ataviado con coraza y capa.

El hostal de correcta habitación y mejor cama. El encargado; también ciclista, con el peligro que ello entraña de conversaciones interminables y hazañas increíbles.
Tercer día, miércoles 30 de mayo de 2012  

 
Un importante cinturón montañoso con sierras que superan los 2000 metros: Sierras de Baza, La Sagra, Cazorla, Orce, María o Las Estancias, rodean una altiplanicie situada a unos 1000 metros de altura con Baza y Guadix como centro, nosotros atravesaremos este páramo de sur a norte en dirección a Pozo Halcón.

Abandonamos Baza siguiendo la vía pecuaria que se dirige a las sierras de Cazorla y Castril entre campos de cereal coloreados por las amapolas. A nuestra izquierda la pelada mole de la sierra de Jabalcón nos vigila mientras descendemos al valle del Guadiana, en este caso el menor. Cruzamos el Guardal y las Cuevas del Negro, “…en ellas viven divinamente sin pagar al casero, como conejos en madriguera…” escribe Ciro Bayo refiriéndose a Purchena cuando visito estas tierras a principios del siglo XIX, frase que podemos hacer nuestra cuando contemplamos estas singulares viviendas. Salvamos pelados campos, monótonos, secos, hendidos por la cicatriz verde que el río Castril crea a su paso.


Estos campos sedientos a nosotros nos ha dejado “secos” y que mejor forma de remediarlo que en una ruidosa terraza de Cortes de Baza.

Surgen los pueblos en las laderas –a veces solo son grandes cortijadas- como eflorescencias de la propia tierra en profunda simbiosis con ella, estamos aun en la provincia de Granada, en altiplano de Baza, en los llamados Llanos de Cortés. Campocámara nos recibe con unos untuosos huevos fritos con patatas y chuletas de segureño, tinto con gaseosa y sandia.

Olivos en perfecta formación, de rectas y marciales filas como pertenecientes a un disciplinado ejército, cubren parte del horizonte, jalonados de desoladas barrancas en que penan los hombres.

Anduvo por estas tierras, a principios del XIX, un hijo de la Gran Bretaña; Richard Ford (Londres, 1796 – 1858) (En 1844 vio la luz el voluminoso A Handbook for travellers in Spain and readers at home (Manual para viajeros por España y lectores en casa), una confrontación crítica de los tópicos que sobre España había puesto en circulación el Romanticismo con la realidad del país. – Wikipedia) que se permitía enjuiciar nuestra cocina “…ruda cocina de los íberos, que eran tristes comedores de cabras, como dice Estrabón…” y da alguna referencia para viajeros intrépidos que recorran estas tierras “…De aquí, (Purchena) el amante de la historia natural que no tenga miedo a lanzarse por terreno difícil puede ir hasta Pozo del Alcón, donde comienzan los bosques de pinos, y seguir hasta Cazorla, que forma un punto de un triangulo con Puebla de Don Fadrique, que dista quince leguas. Los caminos no pueden ser peores en estos espesos bosques. Los robles y los pinos son muy buenos…”.

Hay quien piensa que los andaluces son unos holgazanes, pero basta contemplar estos campos para percatarse de que trabajan y bien. Quizás su ancestral forma de ver la vida, unido a algunos tópicos interesados, ha creado de ellos en otras partes de España esa imagen de pandereta, de paisano acodado en el mostrador sosteniendo un vaso de manzanilla mientras las aceitunas se momifican en el plato.

Encontraremos un trozo no muy bueno que nos obligara a echar pie a tierra pasado el cortijo del Entredicho y el depósito de aguas, abajo unas cabricas (recuerdos para mis amigos de rutasMTBmurcia) sestean entre los pinos.

El embalse de la Bolera nos detiene de momento, el hotel en el que pensábamos pernoctar está cerrado (Hotel rural Dehesa del Rincón). Una llamada lo abrirá para nosotros; María, la dueña se ofrece a ello y nosotros encantados. Tras una breve espera, mientras el generador enfriaba nuestras cervezas, nos aposentamos en este bonito hotel, al que solo achacamos la falta de altura en el baño de las habitaciones superiores (son las que constan de dos camas), lo que obliga a ducharse algo encogido. María nos preparo en exclusividad una magnifica cena de la que dimos buena cuenta bajo un limpio cielo estrellado.
Cuarto día, jueves 31 de mayo de 2012

Larga jornada que atraviesa de sur a norte, por su parte oriental las ceñudas sierras de Cazorla y Segura. Remontaremos la cuenca del Guadalentín y dejaremos a tras las altas cumbres de Cazorla, primero por la cañada del Mesto, después por la de Santiago de la Espada; nos adentraremos en los Campos de Hernán Perea, meseta semi-ariada de lapiaces calizos en plena sierra de Segura. Seguiremos por el camino del puerto de Lezar y Rambla Seca con el Banderillas vigilante a nuestra izquierda; continuaremos por el de los Charcones y Hoya Maranza para cruzar el arroyo del Cuervo antes de llegar a la Matea.

La intención era salir temprano, pero no ha sido así, pedaleamos por una pista que atraviesa la dehesa, cruza barrancas y quebradas, se eleva mientras la luz del cielo se adensa y cuaja, endureciendo las sombras en este día de esfuerzo, de sudor empapando nuestros cuerpos, la abrupta pendiente tensa nuestros músculos hasta el dolor, mientras allá abajo el embalse ya ha desaparecido y solo la línea negra de la garganta se adivina, los enormes pinos parecen diminutos elementos de un enorme diorama, mientras; nosotros adivinamos el camino entre viejos cortijos abandonados de los que solo queda en pie algunos trozos de lienzo semiderruido.

Nuestro conocido hijo de la Gran Bretaña escribe sobre estos montes “…El bosque de Segura, Saltus tigiensis, se extiende hasta unas ochenta leguas por sesenta…” y habla de un informe oficial con el recuento de los arboles aptos para la construcción naval “…Según un informe oficial de 1751, había dos millones ciento veinte un mil ciento cuarenta árboles aptos para la construcción naval asignados al arsenal de Cádiz, y trescientos ochenta millones asignados al arsenal de Cartagena…” -Debe de haber una errata en el texto y ser 30.000.000. Posteriormente menciona y concreta el numero con un expediente de Martín Fernández “(…El “expediente” de Martín Fernández Navarrete, Madrid, 1824, de un numero de cuarenta y dos millones doscientos noventa y siete mil ciento ocho…” para continuar con su correspondiente juicio de valor “…El bosque está ahora escandalosamente abandonado y mal usado, como la mayor parte de los de España; abunda la caza de todo tipo y los lobos son tan numerosos que apenas se pueden tener ovejas...), nosotros no los vimos ni oímos, tampoco a otros elementos de la fauna si descartamos algunos pájaros y una veloz jabalina que cruzo el camino seguida de media docena de rayones.

El cielo dibuja las montañas con su añil luminoso mientras nosotros pedaleamos entre pinos hasta alcanzar el vado de las Carretas y comenzamos a subir de nuevo. Crujen las piñas que tapizan el camino aplastadas por las ruedas de nuestras bicicletas, los pájaros rompen el silencio con un estrepito impropio de algo tan pequeño. Superamos los collados de Fuente Bermejo y la Zarza, siempre escoltados a levante por las abruptas paredes de la sierra de la Cabrilla y la cuerda de las Empanadas. Nos cruzamos con unos jinetes apoyados por mulos para el equipaje.

Nos detenemos bajo el patriarcal pino Félix Rodríguez de la Fuente, momento que aprovechamos para dar cuenta de un suntuoso bocadillo, eso sí, sin despojarnos del casco, continuamente las piñas golpeaban contra el suelo y no con poca fuerza.


Continuamos ya por terreno más favorable hacia el control de Rambla Seca. En mi cabeza se agolpan recuerdos de ocasiones anteriores; de largas charlas con pastores trashumantes que desde Córdoba se llegaban hasta estas sierras para aprovechar los pastos durante el verano; de noches pasadas en el alberge de Rambla Seca al calor de la lumbre; de comidas recias con los pastores de Pontones y Santiago de la Espada, que andaban seis meses por aquí y otros tantos por los campos cordobeses atravesando por las Lagunas de Ruidera para llegar hasta allí.

En los Campos de Hernán Pera reina un silencio que oprime, solo roto por el rodar de las ruedas en la gravilla y el viento azotando el rostro. Los Campos se imponen, ya no hablamos, solo pedaleamos; ni un solo árbol, solo pequeños espinos se atreven a alzarse desafiando al páramo. Blanquean los lapiaces calizos entre ralas hierbas. Continuamos pedaleando. Pero el Banderillas apenas se mueve, parece estar siempre en el mismo sitio. Seguimos pedaleando. Poco a poco se agranda Las Palomas y entre tornajos descendemos hacia la seca laguna de Cañada de la Cruz punto en el cual dejamos este trazado que nos ha traído hasta aquí; la Trasandalus para dirigirnos a la Matea, a la izquierda nos queda Pontones y Fuente Segura, lugar donde nace el río que nos da la vida a los murcianos.

Continuamos por el camino de la Hoya Maranza, pista que a la sombra de un pinar va cogiendo altura con mesura hasta llegar a un antiguo aeródromo bajo la Peña del Cuervo. Tomamos aquí un pedregoso y viejo camino de herradura paralelo al arroyo del Cuervo que se irá desdibujando entre pinos caídos, derrumbes y maleza. Juan Bautista lo recorrió hace años, y aunque no era ciclable en algún tramo, si era practicable. Hoy está prácticamente desaparecido; descendimos como pudimos hasta el cauce del arroyo donde las zarzas convirtieron el paso en un Vía Crucis, varias semanas después aun conservo las marcas de tamaña hazaña. Logramos encontrar la traza de antiguo camino, parcialmente remozado debido a la instalación de una tubería que recoge las aguas del arroyo para llevarlas al valle contiguo, por él logramos salir de la encrucijada y ya sin mayor problema llegar a la Matea.

El hotel, de sosa fachada, ocultaba un interior más interesante con decoración estilo rustico, buenas camas y peor baño, por la manía que tienen algunos hosteleros de instalar esas opresoras mamparas circulares para la ducha. El comedor y la cocina presentaban un aspecto saludable. Durante la cena se fue animando el comedor con una fiesta a la que no estábamos invitados; los asistentes, mayoritariamente, hermosas muchachas con sus mejores galas. Huimos del bullicio y sugerimos al encargado trasladarnos a las habitaciones del piso superior, cosa que nos fue concedida sin mayor problema. Ya estamos muy mayores para fiestas ajenas.

Salimos a dar un paseo tras la cena, las calles están desiertas, silenciosas. Un perro atraviesa la plaza, también silencioso, melancólico. Regresamos, el pueblo reposa ya en un profundo sueño, un perro aúlla en las afueras.
Quinto día, viernes 1 de junio de 2012

Amanece, el sol dibuja las montañas de un gris brumoso y la luz forma extraños cuadrados luminosos en el suelo de la habitación. Excelente el desayuno, chorizo, jamón, queso, zumo de naranjas recién exprimidas, café, supertostadas, abusamos, la carne es débil.

Desde la Matea y tras atravesar Las Nogueras y el Zumeta nos dirigiremos hacia la Puebla de Don Fadrique, a la que no llegaremos, para desviarnos apenas un kilómetro pasada la pista asfaltada que conduce a Pedro Andrés y el Nerpio y faltando otros dos para el puerto del Pinar, por una pista que sigue la umbría del Majal en el Calar Blanco y nos conduce a través de un coqueto valle hacia la Hoya del Espino de Arriba. Pedaleamos por solitarios parajes encajonados por sierras que rondan y hasta superan los mil ochocientos metros; Cerro del Oro, El Calar, La Yegua, Majar…

El cortijo de la Hoya del Espino de Arriba, aun en uso, emana soledad y abandono, está situado en la confluencia de tres barrancos, el de los Melgares por el norte, el de la Cañada Real por el sur y el de los Canalizos por el sureste. Por la unión de los tres pasa el antiguo camino de Fuente Carrasca que tomamos hacia el este, vamos dejando atrás antiguas tinadas y viejos cortijos abandonados bajo una enorme sensación de soledad, la sierra de las Cabras se dibuja contra un cielo limpio y luminoso, los picos de Las Atalayas, Las Cabras o el Cagasero se alzan frente a nosotros orgullosos de sus más de dos mil metros.


Desde el collado de los Losares y según descendemos hacia el poblado de la Fuente de la Carrasca, el paisaje se abre. Hacia el este se extiende la dilatada llanura en la que nace el Quipar, lejos esfumadas en el llano que se pierde en lontananza se confunden, brumosas con el horizonte, poblaciones como Cañada de la Cruz o el Hornico. La Sagra y su blanco penacho va quedando a nuestra espalda. Atrás dejamos también la áspera y bravía sierra de las Cabras, que cicatera nos ha ocultado las cumbres señeras de los Obispos y Revolcadores, al otro lado del llano, solemnes, enmarcadas por la luz tamizada de la mañana, desdibujadas por la bruma, Lavia, Burete y Cambrón, más allá las sierras de Lorca.

Poco a poco nos vamos sumergiendo en el llano de la cuenca fluvial que forman los ríos Argos y Quipar, paso natural entre el Levante español y la Alta Andalucía. Con un pedaleo fácil, van pasando sin hacer ruido, Cañada de la Cruz, el Hornico, Tartamudo, Las Noguericas, Archivel. Comemos en este último por recomendación de Antonio y no nos equivocamos, bueno y barato que de pocos sitios se pueden decir ya estas cosas. Pedalear después de la comida cuesta algo más pero la cercanía del destino nos anima y antes de lo previsto cruzamos el Argos para entrar en Caravaca. Tomando un café en la plaza del Arco finalizamos nuestro recorrido.
Mariano Vicente, 2012

Fotografías:




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